La Belle Époque fue una expresión para definir un periodo de la historia de Europa, entre fines del siglo XIX y principio del XX. Un periodo en donde se impusieron nuevos valores a la sociedad europea: expansión del imperialismo, fomento del capitalismo, enorme fe en la ciencia y el progreso como benefactores de la humanidad. También describe una época en que las transformaciones económicas y culturales que generaba la tecnología influían en todas las capas de la población (desde la aristocracia hasta el proletariado), también está definición responde a una visión nostálgica que busca embellecer el pasado europeo anterior.

En aquellos años, en nuestro país floreció una Bella Época, pero solo para algunos. Hoy en el presente muchas de las pujas de aquellos años vuelven con aires de siglo XXI, encabezados por grupos de poder que, más allá del paso de generaciones, no han cambiado.

De alguna manera, la historia como construcción social ha oscilado dependiendo de los distintos escenarios que se han presentado. Vale decir que aquella idea que un pensador alemán sostuvo alguna vez acerca de que la historia suele repetirse, primero como tragedia y luego como farsa, es el anuncio de este ciclo histórico. El cual hoy comienza a reafirmarse con la vuelta al poder de sectores con características similares a aquella oligarquía vencedora del atraso federal y que impulso un modelo de país a fines del Siglo XIX y principio del XX. Eran tiempos de una Bella Época que permitió instaurar una hegemonía absoluta porque se había eliminado todo campo antagónico.

Aquel modelo pensado desde lo político y desde lo económico por una oligarquía terrateniente diversificada, no difiere tanto de lo cambios de modelo que despojan derechos colectivos para instalar ganancias individuales. Aquella generación busco disciplinar a los gauchos, sus montoneras, a los negros y a los indios que fueron liquidados y exterminados con el objetivo de ganar tierras nuevas para un proyecto de país que se alienaba al lugar otorgado en la economía mundial para estas tierras.

Hoy, aquellos sectores estigmatizados, son nuevamente expuestos a una situación de exposición pública. El gaucho siempre visto como vago, como holgazán, con trabajos que no le tomaban mucho tiempo. Ahora este tipo de calificativos son destinados a los empleados públicos con la excusa de reducir el Estado en búsqueda de la reducción del déficit fiscal. Situación ya vivida y que no significa más que un traspaso de recursos de un estado sin acción a favor de los intereses de los CEO´S y los de sus familias que se incorporan y reemplazan en cargos y funciones anteriormente cuestionadas. Otro paralelismo que podríamos encontrar es en Santiago Maldonado y luego el joven mapuche Nahuel. Que fueron silenciados para siempre por la misma rapacidad de nuevas tierras, por aquellos que entienden que la represión interna es la forma de enderezar a cualquier grupo que se oponga a sus planes.

El modelo de segregación social se completa con los discursos cuasi xenófobos hacia inmigrantes de distintos países limítrofes y también con la Europa del mediterráneo DE tanos y gallegos que son el sujeto principal de expulsión. A principio de siglo XX el diputado Miguel Cané redactó la Ley de Residencia. “Cualquier extranjero que sustente ideas peligrosas, ajenas al ser de la nación, será echado del país”. (La ley de residencia será modelo para cualquiera que se dicte durante estos grises días sobre la inmigración. Sin duda, el espíritu de Cané sobrevuela el imaginario xenófobo de quienes hoy detentan son Gobierno).

Este sector acomodado tiene un gran poder político, es decir gobiernan con los hombres del poder económico, tal vez lo que un siglo después conoceremos como el poder real. Se da una mixtura entre política y economía. No hay políticos que gobiernen para los grandes empresarios, ya que estos se han adueñado del gobierno. Gobiernan de modo directo. Los gerentes de las grandes empresas son los gerentes del país.

Desde lo educativo aquel modelo representaba el acceso a una educación por sus propios méritos que lograba acceder a carreras que formarían la base intelectual de este sector. Vale decir que ese acceso devenía de la posición social que ocupas, inconscientemente o conscientemente se producía una división entre quienes heredaban un apellido o un lugar accedente en la sociedad y para quienes la educación fue el asunto pendiente. La educación de hoy vuelve a rescatar esos conceptos como mérito, facilitador, capacidad, innovación, creatividad, calidad, apuntando a la formación para un futuro, Palabras que dentro de un contexto de reducción de las inversiones en educación sumado al retroceso de la formación continua docente y una propuesta educativa que responde a criterios propios de la mercadotecnia y carece de perspectiva histórica promovida por una visión de progreso acrítica.

El modelo laboral también retrocede a principios del S XX, en donde las primeras luchas obreras se erigían en búsqueda de derechos laborales, los cuales en la mitad del siglo se reconocen y se amplían. Pensar en los proyectos de flexibilización laboral de estos días preocupa, porque la idea de plantear la igualdad del trabajador con el empresario en relación a las obligaciones y no al reparto del excedente pone en riesgo una desregularización de derechos conquistados.

En lo político aquella clase dominante de entonces configuro una forma de gobierno que la historia conoció como la democracia restringida por la escasa amplitud de participación de otros sectores ciudadanos que emergían, hoy esta clase envalentonada y triunfadora, no pretende medias tintas en la persecución, la represión, y el amedrentamiento contra quien piensa diferente. Esto nos recuerda aquellos tiempos en donde la real división de poderes carecía de una real autonomía. Siempre han estado ellos cuidando la casa hoy la atienden sus propios dueños.

Para finalizar debiéramos evitar caer en el desánimo. La resistencia democrática debe ser desde donde partir, de animarse a romper con las reglas impuestas. Es tiempo de escucharnos más y, claro, de hablar menos. Debemos mirar al pasado, no con añoranza, sino para comprender por qué hoy transitamos este presente, porque el futuro que nos dicen se aleja en el cotidiano y se hace carne un momento regado de aumentos, despidos y de criminalización de la política. En tiempos de retroceso resulta imperiosa la edificación de nuevas construcciones colectivas que creen nuevas subjetividades bajo un horizonte de inclusión social para todos. Las sociedades toman decisiones, no por el presente que transitan, sino por la expectativa del futuro que desean.