Hace varios años el escritor Andrés Rivera escribía una novela que titulaba: La revolución un sueño eterno. Este noviembre del 2017 se cumple 100 años de la Revolución Rusa que marcó uno de los acontecimientos sociales y económicos más influyentes del S XX. En nuestro país noviembre también se viene con vientos de cambio que revolucionan, pero a la inversa de lo que fue la Revolución roja, estos soplan de arriba hacia abajo. También se cumplen más de 170 años de la Vuelta de Obligado, que marcó en nuestra historia la defensa de la soberanía nacional, justamente en estos tiempos, en los cuales la soberanía, la autonomía y la libertad son palabras olvidadas, nosotros pretendemos repensar esos dos conceptos: revolución y soberanía.

En una sociedad que se encontraba bajo una monarquía absoluta y con un grado de total desigualdad en la posesión de la tierra, tras una sucesión de huelgas que reclamaban la alta inflación, la falta de alimentos, la emancipación de la mujer y las funciones de un Estado que, respondiera a la participación política de las mayorías y no estuviera en manos de una clase política profesional, se produjo una revolución.

El 7 de noviembre de 1917 se abrieron las puertas del empoderamiento obrero y la apertura a las luchas por la dignidad. Más allá del desenlace y de los distintos procesos que vivió la revolución, aquel hito marcó la posibilidad de la construcción de un sujeto político desde la multiplicidad y articulación de diferentes sectores de la sociedad.

Las revoluciones comienzan siempre con un acto instituyente, singular y colectivo a la vez, anti jerárquico y antiburocrático marcado firmemente por un carácter de igualdad. Para contrarrestar esto, el capitalismo ha desarrollado herramientas cada vez más eficaces; el marketing consiste en un “yo”, trasvertido en un falso “nosotros”.

En nuestro país la revolución conservadora, busca transformaciones en el orden social-político -económico, pero, a la inversa de la otra, conservando y ampliando ventajas de un sector en detrimento de otro. Los cambios que buscan la modificación de un modelo de desarrollo industrial- tecnológico surgen también desde un poder instituyente, pero con la gran novedad de que es el voto quien termina legitimando ese accionar.

En estos tiempos donde la tecnología en las comunicaciones recrea una realidad más virtual que real, lo colectivo se fragmenta en la supremacía de ciertos sectores sobre otros. La teoría del esfuerzo infinito, es una de las condiciones de adaptabilidad en un medio en el cual la supervivencia no está pensada para todos. Esta supervivencia esta íntimamente relacionada al trabajo. La nueva reforma laboral que se nos presenta, resignifica aspectos simbólicos de la reforma de 1976. Uno de los objetivos que plantea la nueva reforma laboral propone: “liberar a las fuerzas productivas”, expresión que utilizó Martínez de Hoz para la reforma del 76. El proyecto además propone la creación de un “banco de horas” dentro de las compañías. También acota las indemnizaciones, crea la figura del trabajador autónomo o independiente -por fuera del vínculo laboral-, permite el blanqueo de trabajadores en negro con la respectiva condonación de deuda, elimina las horas extras y reduce las multas ante el despido de un trabajador no registrado.

La nueva reforma de trabajo está hecha a medida de los empresarios; es una transferencia directa del salario a la rentabilidad. La construcción de un relato oficial que prometía la generación de puestos de trabajos y la reducción de la pobreza se esfuman luego de las últimas elecciones.

La perspectiva de la soberanía también se encuentra en una encrucijada, en lo económico, el objetivo de expandir el modelo de producción primaria se antepone ante un país que pueda perseguir un desarrollo económico más autónomo por fuera de los organismos de créditos internacionales. La dependencia de sus dólares y las inversiones extranjeras complejiza el desarrollo de una economía más autónoma, libre y soberana.

El nuevo ministro de Agroindustria, Luis Etchevehere, es el segundo ministro en nuestra historia del país que en condición de presidente de la Sociedad Rural Argentina llega a una función estatal. El primero fue José Alfredo Martínez de Hoz, ministro de Economía de la última dictadura cívico militar. Las definiciones de Etchevehere no sorprenden, lo dicho acerca de "Nuestra prosperidad es la de la Patria”, reafirma su auto definición de Patria. Etchevehere sostiene que “la patria es la sociedad rural”. Una Patria que, al parecer, se trata de bolsillos de los pools de siembra y todas las empresas relacionadas al agro negocio, de las que la SRA siempre ha sido promotora. Sumado a esto, según las mediciones internacionales, en los últimos dos años, la Argentina se convirtió en la economía emergente que más deuda externa colocó, incluso más que China, Corea y Arabia Saudita. Desde el inicio del 2016 y hasta 2018, el país emitió bonos de deuda externa por 125.000 millones dólares,

La pérdida de la soberanía económica, está también estrechamente relacionada al detrimento de la libertad. Esta falta de autonomía es clara, también, en otros sectores como el judicial y el comunicacional. El primero convertido en el Tribunal de la Santa Inquisición (aquella herramienta que era utilizada para imponer la sumisión de los cuerpos y de las mentes en tiempos de la América colonial). Hoy nos detienen, nos arman una causa y nos exponen a un show mediático sin un proceso judicial previo, es decir el principio de inocencia “te lo debo”.

El segundo es un discurso hegemónico que busca siempre la comparación con el afuera, ese discurso dominante sostiene que “afuera siempre es mejor que acá”, que “ahora el mundo nos mira como un país serio”. El mapa comunicacional de hoy es un panóptico digital que emite un relato en una dirección y que por otro lado vigila y castiga a todas aquellas expresiones, voces miradas que se proponen ser cuestionadoras de la situación social, económica y política actual. Ese vigilar y castigar es la asfixia económica a los medios en su distribución de la pauta publicitaria que silencia las voces disonantes.

En la actualidad se nos presenta un nuevo desafío: el de reinventar nuevas lógicas emancipatorias, en código renovado del SXXI. Uno de los problemas es cómo hacerlo desde una forma colectiva diversa y no homogénea, donde la singularidad del deseo sea el elemento que busque nuevas revoluciones que interpelen el orden social imperante a partir de una soberanía que permita la construcción del sujeto pueblo. En nuestra patria, éste era el gran anhelo de Castelli el mismo que proponía en el título de su libro Rivera; un nuevo despertar en un devenir más igualitario.