FOTO: PEPE MATEOS

La educación en toda su historia siempre puso en evidencia los elementos que constituyen los entramados sociales de la época.

En este presente la educación una vez más vuelve a evidenciar el contexto social que atravesamos como país. Detenernos en septiembre, es detenernos en distintas aristas del plano educativo.

Nos atraviesan dos momentos históricos significativos, uno es el despertar estudiantil en los años previos a la última dictadura cívico militar, conocido como la “noche de los lápices”.

Y otro es Paulo Freire, quien desde su trabajo con los sectores populares pudo construir una relación dialéctica entre el educando y el educador, buscando un diálogo crítico de la realidad social.

En Argentina en 1976 un grupo de diez estudiantes secundarios eran secuestrados y torturados en el Pozo de Banfield por la Policía de la Provincia de Buenos Aires dirigida por el General Ramón Camps, quien calificó al suceso como ejemplo de "accionar subversivo en las Escuelas", en esos crímenes de lesa humanidad sólo cuatro de aquellos estudiantes sobrevivieron.

La historia cuenta que esos estudiantes reclamaban el boleto secundario, pero sería injusto quedarnos sólo con eso, sin echar el ojo en que esos jóvenes estudiantes, no eran indiferentes a la realidad social que vivían, creían que la escuela tenía que proyectar una sociedad más justa.

En Brasil, Freire también pensaba en la escuela que no debía estar ajena a la cotidianidad que atravesaban las favelas del Brasil, una educación que enseñe a pensar y no una educación que enseñe a obedecer. Pensar la escuela en una nueva relación entre los profesores y sus alumnos, en que todo proceso educativo debía partir de la realidad que rodea a los individuos. Una educación problematizadora que apuntara a la liberación y la independencia de los sujetos, con la intención de transformar la pasividad de los estudiantes e incentivar el interés por transformar la realidad. En fin, Paulo Freire interpelaba al sistema unidireccional de educación, en el cual los maestros no sólo enseñarían a sus estudiantes, por el contrario, proponía una comunicación de ida y vuelta, eliminando la dicotomía educadores y educandos.

Luego de que muchas ideas de Freire lograsen penetrar en las prácticas educativas de los últimos años, posibilitando que la educación no formal ingrese a la escuela formal, a partir de pensar en una educación como un derecho y persiguiendo como objetivo la generación de una ciudadanía crítica, hoy nos encontramos en un retroceso de este paradigma.

El retroceso también de una u otra manera involucra a los estudiantes, porque del paradigma de la inclusión con calidad estamos yendo a la escuela del “mérito”, que logra dividir y segregar en sectores bajos la falsa idea de la igualdad de oportunidades.

La función que debieran cumplir en este nuevo sistema ciertos sectores es, ser funcional a las necesidades que el mercado busca.

En este sentido se busca generar estudiantes que se adapten a las necesidades laborales de estos tiempos, dentro de este panorama la propuesta de la escuela el futuro nos invita a vivir en la incertidumbre, en un futuro en donde salvarse es de manera individual a partir del “emprendedurismo”. Esa noción se contrapone a aquel presente colectivo.

Por eso nos preguntamos ¿Cómo pensar un ciudadano crítico, qué promueve la Ley, en una sociedad que se comienza a despolitizar y en donde la mirada hacia los otros/as se convierte en puros individualismos?

La escuela del futuro abre un paso a una nueva reforma del sistema secundario, que claramente siempre está en tensión, pero sin la consulta a otros sectores preponderantes en el plano educativo: tales como docentes y los estudiantes a cuenta que las modificatorias los atraviesan Lamentablemente, esta tarea es ahora emprendida por un gobierno comprometido con concepciones represivas de la educación, para quien la secundaria debe mirar al futuro... del mercado. El cambio de contenidos que impulsa el gobierno de Macri- relata la pedagoga Adriana Puiggros comenzó en la capacitación docente, eliminando los de tinte latinoamericanista, y avanzando en el cambio de orientación en derechos humanos y educación sexual. Ahora se agregan esa falacia que es el “emprendedurismo”, y las pasantías a gusto de las empresas, que se introducen aprovechando la centenaria irresolución del vínculo entre educación y trabajo en la educación de los adolescentes. Sólo que esa relación puede ser formativa, creadora, estimulante, o bien una ventaja que saquen las empresas, la ONG y la Fundaciones para que, en ausencia del Estado se introduzcan en lo educativo para abastecer al mercado de la mano de obra gratuita de los alumnos.

Hoy como ayer, seguimos construyendo una educación que libere, que pregunte, que interpele nuestro presente retomando todas aquellas prácticas pedagógicas que hacen de la escuela un espacio políticamente incorrecto para los sectores dominantes, y esperanzador para los oprimidos.